Día do Libro

 
O pasado martes, día 13 de maio ás 17:30 h., na Biblioteca da Escola, tivo lugar a 1ª Exposición do Libro Antigo: “Un libro en el recuerdo, recuerda tu libro”.

Ás 19 h. procedeuse á clausura do mesmo cun acto, testemuña da importancia que a letra impresa ten nas nosas vidas, e no que participaremos alumnos, pais e profesores.
 

 
    
Cuando don Quijote vuelve a su casa en ese lugar de cuyo nombre no quiere acordarse Cervantes, el cura de su aldea intenta disuadirle del peligroso vicio de leer, que a tantas locuras le había conducido. Don Alonso Quijano, el bueno, replica entonces:
[...] vuestra merced créame [...], lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir, que después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente.
Como al hidalgo de la Mancha, leer nos hace a todos mejores. Los libros, que nos acompañan, casi siempre con discreción, a lo largo de nuestra vida, van marcando con sus puntos y aparte los nuestros, son nuestro espejo y nuestra proyección, el recuerdo de lo que no hemos vivido y la añoranza de lo que hemos dejado atrás.
Libros son los que nuestras madres y las madres de nuestras madres convirtieron en los cuentos con que hemos idos creciendo. Libros son los primeros que leemos a hurtadillas y nos hacen pensar que somos ya mayores. Y lo son también los que nosotros mismos escribimos sin darnos cuenta de que, además de escuchar y de leer, creamos literatura desde que aprendemos a juntar las letras: en el colegio las noticias del periódico, el final nuevo para un cuento, las redacciones, los resúmenes de viajes y salidas pedagógicas... Después los personalísimos diarios, e incluso algún poema, de nuestra adolescencia. Más tarde los cuadernos con los recuerdos de nuestros propios hijos... y vuelta a empezar.
En un mundo, como el nuestro, digital y vertiginoso, tendemos a pensar, erróneamente, que el libro es un objeto sin demasiado sentido ya. Y caemos en este error porque solemos confundir el contenido con el modo de transmisión, que ha ido cambiando –y seguirá haciéndolo- desde el principio de los tiempos. La palabra libro procede de un término latino, liber, con el que se designaba una parte interior de la corteza del árbol que los romanos utilizaban para escribir. Y biblon (de donde viene biblioteca) era la denominación, en griego, del papiro egipcio. El papiro primero, y el pergamino después, fueron sustituidos por el papel (como hoy el papel deja paso a los textos electrónicos) y los amanuenses creyeron, a mediados del siglo XV, que la imprenta acabaría con la belleza, el cuidado y —por qué no decirlo— la exclusividad de los bellos volúmenes que salían de sus escritorios. Pero no solo no fue así, sino que los textos llegaron más lejos y se hicieron más fuertes, de modo similar a como, probablemente, está ocurriendo gracias a las nuevas tecnologías.
Pese a todos los cambios habidos, el espíritu de las palabras perdura y los libros nos buscan siempre, a cada uno en función de sus necesidades o aficiones. Porque los libros cuentan la historia de lo que somos, lo que hemos hecho y lo que aspiramos a conseguir. Grandes escritores han sido quienes supieron poner en palabras inteligibles su modo de entender el mundo: matemáticos como Pitágoras, que aplicó las relaciones numéricas a la teoría de la música para explicar la armonía como el principio fundamental de la belleza; monstruos del saber como Leonardo Da Vinci, que también escribió sonetos; artistas sublimes como Miguel Ángel, ávido lector y poeta petrarquista; genios como Copérnico, que transcribió en Diálogos los principios de la física moderna, o Galileo, de quien Ítalo Calvino decía que era el más grande escritor italiano de todos los tiempos. Y es que los libros no entienden de ciencias ni de letras, están ahí en cualquier circunstancia para darnos consuelo, para hacernos olvidar, pensar, desahogarnos o ayudarnos a reír, para decirnos, bajito y al oído, que nuestra pena ya la han sentido otros antes, que nuestras angustias son las mismas que las de media humanidad y nuestras alegrías, si no idénticas, muy parecidas, a las de la otra media. Los libros, en fin, nos hacen humildes, porque nos descubren que casi todo, de un modo u otro, está escrito ya.
No nos resistamos a ellos. Nos miran desde los anaqueles esperando el momento adecuado para asaltarnos y, además, les necesitamos. Nos ayudan a pensar, a discernir, y por tanto a ser autónomos, independientes, poco dóciles a la manipulación, libres: y “La libertad, Sancho –vuelvo a Don Quijote- es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”, como en aqueste volumen va escrito.
Estoy personalmente convencida de que los libros, en cualquiera de sus formatos, son una necesidad humana, un alimento complejo para un organismo complejo. Los ejemplares que nos rodean lo demuestran: forman parte del patrimonio que queremos legar a nuestros hijos porque entre sus líneas se ha tejido nuestra propia historia y, por tanto, también la de ellos. Y sabiendo de dónde vienen quizá entiendan mejor, cuando dentro de unos años la lean, la suya propia.
Muchas gracias al Colegio por iniciativas como esta.
 
Montserrat Ribao Pereira
Madre de Carlos y Pablo Chas (4º EP)